martes, 30 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
¡Splash!
El agua recorrió toda mi cara, no me dejaba ver en donde estaba. Noté que mis manos estaban atadas. La cabeza me dolía como nunca antes, sentía que en cualquier momento iba a explotarme.
¿Por qué defendiste a María? ¿Por qué me hiciste quedar mal en el funeral? ¡CONTESTAME!
No sabía que pasaba. Mi cabeza me daba vueltas.
— ¿Quién sos pendejo?
—P… Perdon, S… Señor. —Fue lo único que pude decir.
— ¡¿QUIEN CARAJO SOS?!
—Federico, soy Federico. —Le mentí.
—Federico. ¿Para quién trabajas? —Me pregunto mientras se encendía un cigarrillo.
—Para nadie, señor, soy un conocido de María. —Me recuperé un poco más. —Es que solo me pareció una falta de respeto lo que hizo.
Se acerco hasta mi, y me miro a los ojos, con esos ojos color verde que me dieron miedo, tanto, que baje mi mirada y vi como su boca se movía para tirarme el humo del cigarrillo en la cara. Entonces pronuncio las que serian las últimas palabras que oiría, o al menos hasta ese momento es lo que creía.
—Fue un gran error lo que hiciste, ¿Sabes? —Y se alejó para escupir al piso.
Este hijo de puta mando a matar a María, pensé, y si no hago algo, en unos minutos voy a morir también.
—Yo sé quien es usted. Rosales, ¿No? —Y levanté mi cabeza para mirarlo fijamente a los ojos. —María trabajaba para su negocio, y dos conocidos más, siempre quise meterme a trabajar con usted, provee la mejor droga de todas.
— ¿Qué otros dos conocidos? —Me preguntó extrañado. Curioso.
—Leandro, y Nicolás. —Dejé a Matías fuera de todo.
—¿Conoces a Nicolás? —Se volteo rápidamente, desesperado.
—No lo veo hace mucho. Hace bastante.
—Yo tampoco, y lo estoy buscando. Vamos a hacer un trato, ¿Queres? —Me dijo, mientras su mirada se volvía menos tensa, y una sonrisa se asomaba en sus labios. El enojo se había ido. Rosales estaba buscándome, y no sabía que me tenía frente a él.
—Lo escucho. —Dije muy relajado.
—Siempre quisiste trabajar conmigo, pero no puedo confiar en alguien así no más, tampoco puedo dejarte ir después de traerte acá. —Secuestrarme, querrás decir. —Vos tenes contacto con alguien que busco, si lo ubicas quiero que lo mates. Si te escapas, yo voy a matarte. ¿Qué te parece?
Me estremecí al saber que me quería muerto, y seguramente quería matar a Matías también. No sabia como, pero fingiendo mi muerte era la única forma de meterme a La Alianza nuevamente, y destruirla desde adentro. Y en especial, matar a aquel hombre que estaba hablándome, a quien mató a todos mis amigos, a quien mató a María.
—Acepto.
Y supe que en ese momento empezaba a jugar mi juego.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
—Si se van a meter en esto, van a tener que hacerlo bien. No van a trabajar para mí, van a trabajar para El Aliado, para Rosales. —Nos dijo Leandro a los tres, mientras su mirada se centrada más que nada en María.
— ¿Y cuando nos van a hacer la entrevista de trabajo? —Dijo Matías riendose.
—No lo van a ver a Rosales. Ni siquiera yo tuve la oportunidad de verlo, hay gente más importante que lo rodea, ustedes, como yo, reciben ordenes y lo hacen, una vez que hacen lo que les piden, reciben plata, una vez que reciben plata, esperan otras ordenes y después les dan más plata. Así es como funciona esto.
— ¿Y cuanta plata hay por “trabajo”? —Preguntó intrigada María.
—Eso depende de lo que ustedes hagan, lo menos que se gana en este negocio por día son mil pesos. ¿Ustedes quieren vender nada más?
— ¿Cómo se gana más? —Retruco María.
—Ya te dije, depende lo que hagas, si vos queres vender, vas a vender, si queres hacer otra cosa, se te paga por el trabajo hecho. —Leandro parecía un poco loco, quizás estaba drogado, quizás esa era su forma de explicar.
—Dale Leandro, ¿Qué trabajos hay además de vender? —Le dije por que la conversación me intrigaba demasiado ya.
—Eso depende. Si Rosales quiere cobrar una deuda, hay que ir y pedir la plata, cierta parte de esa deuda es tu sueldo, si Rosales quiere a alguien muerto, va y se lo mata, y de ahí sale más plata todavía. Aun que, si ustedes empiezan vendiendo está bien.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Varios días después de que le entregaran el cuerpo de María a su familia, asistí a su funeral. Entré a la recepción y me mandaron hasta la sala donde se estaba celebrando aquella ceremonia, aquel último adiós que le da uno a sus seres queridos, y ahí la vi, aquella “necesidad” por la cual María quería meterse en La Alianza.
Gabriela Adriana Montiel, en otras palabras, la madre de María. Destrozada, totalmente, sus ojos rojos completamente hinchados, se parecían a los de María cuando fumaba, pero no eran por fumar, eran de tanto llorarle al cuerpo de su hija muerta. No se percato de que yo había llegado.
Quizás hubiese sido mejor haber muerto de cáncer, antes que ver la muerte de tu propia hija Gabi, pensaba en mi interior, y me quería golpear a mi mismo por tener ese tipo de pensamientos, mis pensamientos eran cualquier cosa desde que todo esto pasó, mi cabeza era un lío.
Pasé entre todos los familiares de María, sin escuchar a nadie, y me acerqué hasta Gabriela que estaba a unos escasos centímetros del ataúd con la cabeza hacia abajo, cuando levantó la mirada pude ver sus ojos hinchados más de cerca. Me miró con tristeza y me abrazó muy fuerte.
— ¿Por qué?, ¿Por qué ella? —Susurro mientras las lágrimas se le acercaban nuevamente a los ojos.
—Gabi… —No pude terminar. Mi mirada se centro en el ataúd que estaba tan cerca de mí.
—Matías vino hoy temprano, Nico. Se quedó un rato nada más, ese chico estaba muy angustiado. —Y se quebró en lágrimas nuevamente mientras me abrazaba más fuerte.
La solté sin importarme Matías, ni su estado, y me dirigí al ataúd, a aquel cajón sin vida, pensé. Las lágrimas estaban en a punto de salir de mis ojos, y cuando la vi lloré como nunca antes había llorado, su cuerpo tan calmo, pero tan lastimado, tenia un corte en su pómulo que el maquillaje no pudo ocultar, pero estaba tan hermosa como siempre, su cabello totalmente negro, sus labios de color natural que nunca pude besar.
Un mareo vino a mi enseguida, aquellas nauseas, me sentía mal, pero no quería irme, no quería dejar de mirar aquel cajón sin vida, no quería dejarla, no otra vez. No quería sentir aquel vacío que de a poco se apoderaba de mi vida, no quería dejar a María morir del todo.
Cuando volteé para irme ahí estaba Gabi con un vaso de agua en sus manos. Me miraba con tristeza, sus ojos seguían rojos, pero ya no estaban tan hinchados. Tomé el vaso de agua y la abracé, cerré los ojos e intente olvidarme de todo con aquel abrazo que logro calmarle bastante.
Cuando la solté, miré el ataúd una vez más, me acerqué y le bese la frente a María por un momento. Una lágrima desubicada recorrió mi cara, seguida de una pequeña sonrisita. Todo va a estar bien María, todo va a estar bien mi amor.
Y justo cuando pensaba marcharme, aquel hombre llegó con dos hombres más tras él, con un tapado bastante elegante y de sombrero negro. Venía a ver a María, venia a ver a su victima, quizás una de las más actuales. Rosales, había llegado. El Aliado.
Gabi se paró con el ceño fruncido y sus ojos lagrimeantes, mientras su boca se preparaba a gritar.
— ¡Con que derecho venís al funeral de mi hija, hijo de puta! —Dijo, mientras intentaba echarlo.
—Yo solamente vengo a verla por última vez, señora.
—Por tu culpa está ahí, andate. ¡Vos la metiste en ese cajon!
Pero Rosales parecía no querer irse, se saco el sombrero e intento acercarse al ataúd que Gabriela estaba tapándole. Fue entonces cuando volví a entrar a la sala.
—Andate te dijo. —Le dije y me pare frente a él. Sus “guardaespaldas” quisieron defenderlo, pero los frenó.
—Vine a ver a María, ella trabajaba para mí y la apreciaba mucho. —Me dijo mirándome a los ojo.
—Andate. —Y Gabi se puso detrás de mí.
Me miro rebajándome con su mirada de arriba abajo, se río y se marchó con sus hombres.
Miré a Gabriela y me quede unos minutos más. Luego me marché, era tarde. Salí y llegue a la esquina, allí estaba uno de los hombres de El Aliado, mi cabeza pareció estallar y todo se volvió de un color oscuro como el vestido de luto de la madre de María.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Nos miró y se dio vuelta nuevamente.
—Ey, Leandro. —Le dije y logre que se diera vuelta a mirarnos de nuevo.
—Ah…, estem, hola. —Y se dio la vuelta nuevamente, ignorándonos.
—Tenemos los 100. ¿Nos das el 25?
— ¿Qué? —Dijo extrañado y está vez mirándonos de arriba abajo. — ¿Ustedes? —Y largó una carcajada muy grande.
— ¿Qué te pasa? Vinimos a comprar, y parece que vos vendes.
—Si, pero nunca llegue a imaginarme que ustedes tres iban a venir a comprarme.
—Dale, dame el 25 y te doy la plata.
—No, no, no. Para. Yo les voy a dar esto, pero mañana en el colegio vamos a hablar.
— ¿De que queres hablar?
— ¡Mañana vamos a hablar! —Me miró amenazantemente. María y Matías que estaban a mi lado se sobresaltaron.
Todavía me acuerdo la forma en que María miraba a Leandro, aquel chico que en el aula no decía ni una palabra, simplemente estaba ahí, aquella mirada era idéntica a la mía cuando la miraba a ella, aquella mirada era amor, fue entonces cuando supe que nada de todo eso estaba bien.
Leandro estaba muerto, muerto. Pero todavía recordaba cuando hablamos el día después de que le compramos la marihuana.
—Así que ustedes fuman, y eso no es lo malo, lo malo es que me compran marihuana a mi. —Nos dijo con una mirada fría y sin sentimientos, aunque parecía enojado.
— ¿Y que vas a hacer? ¿Nos vas a matar? Somos tres Lean, y los tres sabemos que vos nos vendiste. —Le dije amenazante.
—Por ahí va la cosa. Desde los trece años que vengo haciendo esto, empecé robando billeteras y ahora vendo, y no voy a dejar que por su culpa todo lo que hice hasta ahora desaparezca. Si alguien llega a saber que yo estoy en esto, va a ser por su culpa, y si eso pasara, no voy a tener otra alternativa que hacerlos desaparecer. —Dijo. Nuevamente mirándonos, de arriba abajo.
— ¿Y que pasa si queremos vender? —Dijo María saliendo detrás de mis espaldas.
— ¿Y está? ¿Vender? ¿Ustedes tres? —Y se río, muy fuerte otra vez.
—Si, vender, como vos. Se ve que el negocio este deja mucha plata, si no, serias tan pobre como nosotros. — Y esta vez, María no dejo de mirarlo a los ojos.
—Ustedes no durarían ni dos segundos en esto.
—Es por necesidad. Aparte, quizás seria la primera mujer en vender drogas en Calzada, seria una buena reputación, al fin y al cabo, vos serias igual que nosotros si no vendieras esas cosas.
Igual que nosotros si no vendieras esas cosas. Pensaba. ¿Vender droga te hace diferente del resto? ¿Alguien diferente busca María?, Me preguntaba y no pude hallar respuesta alguna por que mis pensamientos fueron interrumpidos por la respuesta de Leandro.
—Ya te lo dije María, ustedes en esto no durarían nada. Si ustedes no hubieran conseguido un contacto en La Alianza, nunca se hubieran enterado que yo estaba en todo esto y esa es la idea, que nadie se entere. Si Matías, Leandro o vos se meten en esto…
— ¿Qué? —Lo desafío nuevamente sin dejar de mirarlo. — ¿Vamos a hacerlo público?, ¿Te pensas que vamos a cartelearla que vendemos droga Leandro?
—No. Digo que si se meten en esto y no son nada discretos lo único que van a ganarse son un par de balas en su cabeza.
Ahora me acordaba de Scarface, aquella frase que le habían dicho a Tony en una parte de la película, “Los tipos que duran en este negocio son los tipos que vuelan recto. Los tipos discretos. Y los tipos que lo quieren todo; chicas, Champagne, fama. No duran nada.” Quizás aquello era lo que nos quería decir, a eso le llamaba ser discreto. 
Y lo último que recuerdo, es ver la mano de María estrechando la de Leandro. Recordar a los dos mirándose a los ojos, sin saber lo que a ambos les esperaba. La muerte apareció detrás de la imagen de ellos dos, y en ese momento supe que tenía que dejar de recordar por un rato.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Leandro, o “aquella escoria”, como solía llamarlo Mati, era el típico chico flacucho, pero musculoso, tenía la mayor parte de su cuerpo tatuado, sus ojos claros y tenía algo que muchas personas no tenían, libertad. Pero aquella libertad no era del todo buena, era más bien, una libertad que lo había llevado por el camino menos pensado, o a esta altura, lo más pensado quizás, algo que es muy corriente en Argentina, ¿Qué pasa cuando un chico de trece años tiene la libertad de hacer lo se le de la gana, cuando se le da la gana? ¿Qué pasa con todos aquellos chicos que tienen padres que ni siquiera se fijan en ellos? Exacto, terminan siempre yendo por el peor camino.
El padre de Leandro, Raúl Ramírez, era ese típico empresario que se la pasaba todo el tiempo cerrando negocios, firmando contratos, cheques, sin tiempo para nada, era ese tipo de personas que siguió la carrera que sus padres quisieron y no lo que realmente le gustaba, era ese tipo de personas que realmente me daba asco.
Su madre, Florencia Vera de Ramírez, era una mujer que no tenia tiempo, por que no quería tenerlo, lo único que le preocupaba era estar con su vecino mientras su marido se la pasaba todo el tiempo trabajando, manejar los tiempos para que él no los encontrase juntos, lo único que le preocupaba era volver a sentir aquella felicidad que el amante de su marido le había quitado, era demostrarle al maldito trabajo que tenia tan ocupado a su hombre, que todavía podía ser feliz, quizás con otra persona, pero feliz al fin y al cabo.
No me hubiese sorprendido en lo más mínimo, que los padres de Leandro no se preocuparan al saber donde estaba su hijo, nunca estaban al tanto de todo, mucho menos cuando aquella ovejita de un color blanco como las nubes, paso de a poco a convertirse en un color oscuro, hasta convertirse en la oveja negra que era antes de morir.
Las cosas empezaron a irse de tema cuando a los trece años Lean había conocido a Federico.
—Vamos, es fácil. —Le dijo Federico a Leandro. —Vas, te acercas y muy de a poco vas metiendo los dedos en el bolsillo y lentamente sacas la billetera, sin que se dé cuenta, obvio, no seas boludo.
—Dale, mirá si se da cuenta, voy a ir en cana, no puedo Fede.
—No seas cagon, dale. Si robas esa, te meto en La alianza y nos hacemos LA plata, Nico. —Lo que Federico no sabía, era que Leandro iba a ser quien lo mataría cuando entrase a La alianza.
Aquella billetera, fue el pase a un mundo más grande que las cuatro paredes de su casa en donde se aburría tan fácilmente todo el día, aquella billetera fue ese cambio de actitud tan brusco, aquella actitud que tanto empecé a odiar de Leandro. Aquella escoria.
Conocer a Leandro fue aquella situación tan incomoda, como cuando vas a comer a la casa de los padres de tu pareja y se te cae comida en la falda.
Cuando teníamos dieciséis años, María, Matías y yo, empezamos a meternos en el mundo de las drogas, pero ojo, solo la entrada, solo marihuana. Al principio solo lográbamos conseguir los famosos “Porros” o “Finitos”, pero no íbamos a quedarnos solo con eso, no nos alcanzaba, éramos adolescentes, adolescentes que fumaban, y eso, eso era toda nuestra preocupación.
Matías y yo habíamos logrado conseguir algo que realmente valía la pena, nos vendían un 25 a $100, cuando La alianza no era más que un mercaducho negro que recién empezaba a salir a la luz. Un 25 era llamado de esa forma por el peso que tenia, eran 25 gramos de marihuana, prensada y en forma de ladrillo, eso nos duraría mucho más que un par de porros, la única diferencia, era que al tener el ladrillo, nosotros teníamos que armar nuestros propios cigarros, pero eso no sería problema.
Aquel contacto que Matías conocía le había dicho que le llevaría el 25 a la plaza Güemes, justo detrás de la estación de trenes. Aquel muchacho estaría de jeans, remera y con una gorra plana de los Celtics de Boston. Nos encontramos los tres en 20 de Septiembre y San Martín, y caminamos hasta la estación, una vez que llegamos lo vimos de espalda, tenia la gorra dada vuelta, el logo del trébol de los Celtics se notaba desde lejos, cuando llegamos se dio vuelta, y ahí estaba, aquel compañero de clases con el que nunca nos hablamos, ahí estaba, aquella escoria.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Ella corría, corría riendo por el parque, hasta que todo se volvió oscuro y aquella sonrisa que tanto me había enamorado, se borraba de su cara, corría cada vez más rápido, su cara estaba totalmente llena de miedo, sus ojos lo expresaban, se notaba aquel miedo. Aquellas manos de repente empezaban a quitarle su ropa, la desgarraban, la lastimaban, querían lastimarla, solo eso querían. Aquel cuchillo se metió en su espalda, y María me miraba, me miraba con miedo, aquella mirada que nunca voy a olvidar, sus gritos que me impulsaban a pedir ayuda, pero no podía, simplemente miraba, no podía gritar, no podía pedir ayuda, solo escuchaba sus gritos y miraba como aquel cuchillo la destrozaba con muchas ganas, justo cuando el dueño del cuchillo se percato de que estaba allí, giro su cabeza para mirarme y mis ojos se abrieron. Desperté.
La musculosa que tenia puesta para dormir estaba toda transpirada, mi corazón latía muy fuerte y trataba de calmarme muy de a poco. Sin poder dormirme, me levanté, eran otra vez la seis de la mañana, fui hasta la cocina y me preparé un café con leche, en mi cabeza volaban imágenes de aquel estrepitoso sueño, un poco difusas, me costaba recordarlo todo, pero al mismo tiempo, las palabras de Matías retumbaban en mi.
—Seguramente fue aquel hijo de puta, aquella escoria. —Me decía mientras las lágrimas se le caían de sus ojos rojos de tanto llorar. — Sabia que iba a terminar de la peor manera, ¿Irnos Nicolás? ¿Escaparnos de todo eso? ¡Era imposible para María!
—Nos fuimos de todo eso, lo sabes Mati, lo dejamos, los tres.
—Los tres, menos Leandro, y sabes bien como es aquella rata, sabes bien como era.
— ¿Y él donde está?
—Muerto también, lo mataron. Pero él es el que menos importa, siempre fue el que menos importó, no valía nada. —Y tomó un poco de su café al terminar de hablar.
    ¿Y si está muerto como sabes que fue él quien mató a María?
—Por que él seguía metido en toda esa mierda, desde que nosotros dejamos todo eso, Leandro era el único que se abanicaba con billetes de cien pesos, y nadie puede decirme que lo hizo trabajando, las drogas eran su único trabajo y ya estaba metido en bastantes problemas, estoy seguro que él nunca quiso salir de aquel asqueroso negocio, desde que tenia trece años estaba en eso.
—Nosotros también estuvimos en esa. —Le dije sin eximirnos de ninguna culpa.
—Vos lo dijiste Nico, salimos de todo eso, casi nos costo la vida, pero logramos salir de eso, vos lo dijiste, los tres juntos salimos de eso.
— ¿Y que tenes pensando hacer?
—Nada, ¿Qué queres que haga? Estoy más que seguro que fue Leandro, la mató y después se suicido, no puedo hacer más nada, María está muerta. —Y se inundo en un mar de llanto creado por sus ojos.
Los tres juntos salimos de eso. Menos Leandro, muerto también, lo mataron. No valía nada. Estoy más que seguro que fue Leandro. María está muerta. Aquellas palabras me rodeaban, era lo único en lo que pensaba, en eso y en María, en todo este lío en el que estaba metido, trataba de entender, pero era todo muy confuso, confuso como las imágenes del sueño que había tenido, que iban y venían sin una resolución del todo clara.
Sin darme cuenta, al estar pensando tanto en el caso de María, la taza de mi café con leche se cayó al piso y se rompió en varios pedacitos, como aquella vez que María me contó lo suyo con Leandro, como mi corazón, se había roto aquella taza de cerámica. Limpié el desastre que había hecho, y seguí pensando, pero está vez no en todo, si no en ese momento en que mi corazón colapso, ahora pensaba en María y Leandro.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Aquella brisa, aquel viento que entraba por la puerta, que estaba cerrada, pero de todas formas entro con su fuerza, logro hacerme sentir desde la punta de mis pies descalzos, hasta mi cabeza, lo fuerte que soplaba, y fue entonces cuando supe que María estaba muerta.
Cuando María golpeo mi puerta, supe que era para avisarme algo, aquella brisa de viento que me hizo vibrar el cuerpo, no era María, no del todo. Pero algo de ella estaba en aquel vientito. Lloré, pero solo por un momento.
Era hora de empezar, me seque las lagrimas con mi pañuelo de tela, y me volví a poner mis lentes, me levanté de la silla y camine hasta la puerta, la abrí. Era de noche todavía, quizás las tres o cuatro de la mañana, no estaba seguro. En el cielo había muy pocas estrellas, pero igualmente se veía estrellado, no había viento y el piso estaba frío. Me quede parado en la puerta mirando mi patio, pensando en que pudo pasarle a María, pensar en ella se había vuelto una costumbre, aquella mujer que tan importante se había vuelto, hoy estaba muerta.
Volví a entrar, mi cabeza empezaba a dolerme, mis manos a dormirse, y muy de a poco empezaba a desplomarme. Todo se volvió oscuro.
Desperté al sentir la tibia lengua de Otto en mi cara, lo aparte con una mano. Otto era mi Husky siberiano, que tenia prácticamente desde que empecé a vivir solo, desde que era un pequeño cachorro.
La puerta quedo abierta antes desmayarme, eran las seis de la mañana y se veía el sol salir, estuve mucho tiempo inconsciente. Caminé hasta mi habitación y desenchufe el cargador de mi Iphone, desbloquee el celular y tenia un WhatsApp de Matías;

“Nico, acaban de llamarme de la comisaría, le pasó algo a Meri, apenas lo leas pasate por casa que tenemos que hablar. Estoy despierto y no creo poder dormir por ahora.”

¿Cómo vas a poder dormir después de que te dicen que alguien murió? ¿Cómo podes seguir?, agarre ropa del placard y fui a pegarme un baño rápido, salí y conteste el mensaje de Mati.

“Estoy por salir, estate atento, voy con el auto, paso y vamos a desayunar, no me hagas esperar.”

Fuimos hasta el Boulevard y desayunamos en Martínez, él se pidió un latte con una medialuna y yo un submarino y un tostado, lo de siempre.
—Me gusta mucho venir a desayunar acá, casi siempre a esta hora no hay gente, no sé, es un lugar que me trae paz. —Dije mientras mezclaba la pequeña barra de chocolate en mi taza. —Mati, ¿Qué le pasó a María?
—María está muerta, Nicolás. —Dijo y sus ojos que en un principio parecían de vidrio, se rompieron en miles de pedacitos, eran lágrimas. —Mataron a Meri, ¡La mataron Nicolás!
Las pocas mesas que estaban a nuestro alrededor debieron de haberlo escuchado, debieron haberlo visto, sus ojos colorados llenos de lágrimas, había que ser bastante tonto para no ver la angustia en aquel hombre, la impotencia, como esa impotencia que se veía en la televisión cuando alguien perdía a algún ser querido, estaba ahí, frente mío.
Meri, ese apodo tan idiota, lo más lógico era que la llamaran Mari, pero todo el mundo le decía Meri, excepto yo, que siempre le dije María. Pensaba mientras me enteraba que ella estaba muerta, que descaro que no se me cayera ni una sola lagrima, que descaro haber sido el primero en enterarme de su muerte por aquella brisa de verano.
Fue entonces cuando trague saliva, tomé un sobrecito de azúcar, lo abrí y lo eche en el submarino que ya estaba enfriándose, las lagrimas que tardaron en salir, por fin estaban en mi cara, pero no eran sinceras, por dentro quería reírme, sabia que esas lagrimas eran falsas y eso me daba gracia, sabia que podía actuar de la mejor manera. Agarré una servilleta y las sequé.
Le tome la mano a Matías en gesto de intentar calmarlo, lo miré a los ojos y le dije que me contara absolutamente todo lo que sabía.