Varios días
después de que le entregaran el cuerpo de María a su familia, asistí a su
funeral. Entré a la recepción y me mandaron hasta la sala donde se estaba
celebrando aquella ceremonia, aquel último adiós que le da uno a sus seres
queridos, y ahí la vi, aquella “necesidad” por la cual María quería meterse en
La Alianza.
Gabriela
Adriana Montiel, en otras palabras, la madre de María. Destrozada, totalmente,
sus ojos rojos completamente hinchados, se parecían a los de María cuando
fumaba, pero no eran por fumar, eran de tanto llorarle al cuerpo de su hija
muerta. No se percato de que yo había llegado.
Quizás hubiese sido mejor haber muerto de
cáncer, antes que ver la muerte de tu propia hija Gabi, pensaba en mi interior, y me
quería golpear a mi mismo por tener ese tipo de pensamientos, mis pensamientos
eran cualquier cosa desde que todo esto pasó, mi cabeza era un lío.
Pasé entre
todos los familiares de María, sin escuchar a nadie, y me acerqué hasta
Gabriela que estaba a unos escasos centímetros del ataúd con la cabeza hacia
abajo, cuando levantó la mirada pude ver sus ojos hinchados más de cerca. Me
miró con tristeza y me abrazó muy fuerte.
— ¿Por qué?, ¿Por qué ella? —Susurro mientras
las lágrimas se le acercaban nuevamente a los ojos.
—Gabi… —No pude terminar. Mi mirada se centro
en el ataúd que estaba tan cerca de mí.
—Matías vino hoy temprano, Nico. Se quedó un
rato nada más, ese chico estaba muy angustiado. —Y se quebró en lágrimas
nuevamente mientras me abrazaba más fuerte.
La solté
sin importarme Matías, ni su estado, y me dirigí al ataúd, a aquel cajón sin vida, pensé. Las lágrimas estaban en a punto de
salir de mis ojos, y cuando la vi lloré como nunca antes había llorado, su
cuerpo tan calmo, pero tan lastimado, tenia un corte en su pómulo que el
maquillaje no pudo ocultar, pero estaba tan hermosa como siempre, su cabello
totalmente negro, sus labios de color natural que nunca pude besar.
Un mareo
vino a mi enseguida, aquellas nauseas, me sentía mal, pero no quería irme, no
quería dejar de mirar aquel cajón sin
vida, no quería dejarla, no otra vez. No quería sentir aquel vacío que de a
poco se apoderaba de mi vida, no quería dejar a María morir del todo.
Cuando
volteé para irme ahí estaba Gabi con un vaso de agua en sus manos. Me miraba
con tristeza, sus ojos seguían rojos, pero ya no estaban tan hinchados. Tomé el
vaso de agua y la abracé, cerré los ojos e intente olvidarme de todo con aquel
abrazo que logro calmarle bastante.
Cuando la
solté, miré el ataúd una vez más, me acerqué y le bese la frente a María por un
momento. Una lágrima desubicada recorrió mi cara, seguida de una pequeña
sonrisita. Todo va a estar bien María,
todo va a estar bien mi amor.
Y justo
cuando pensaba marcharme, aquel hombre llegó con dos hombres más tras él, con
un tapado bastante elegante y de sombrero negro. Venía a ver a María, venia a
ver a su victima, quizás una de las más actuales. Rosales, había llegado. El Aliado.
Gabi se
paró con el ceño fruncido y sus ojos lagrimeantes, mientras su boca se
preparaba a gritar.
— ¡Con que derecho venís al funeral de mi hija,
hijo de puta! —Dijo, mientras intentaba echarlo.
—Yo solamente vengo a verla por última vez,
señora.
—Por tu culpa está ahí, andate. ¡Vos la metiste
en ese cajon!
Pero
Rosales parecía no querer irse, se saco el sombrero e intento acercarse al
ataúd que Gabriela estaba tapándole. Fue entonces cuando volví a entrar a la
sala.
—Andate te dijo. —Le dije y me pare frente a
él. Sus “guardaespaldas” quisieron defenderlo, pero los frenó.
—Vine a ver a María, ella trabajaba para mí y
la apreciaba mucho. —Me dijo mirándome a los ojo.
—Andate. —Y Gabi se puso detrás de mí.
Me miro
rebajándome con su mirada de arriba abajo, se río y se marchó con sus hombres.
Miré a
Gabriela y me quede unos minutos más. Luego me marché, era tarde. Salí y llegue
a la esquina, allí estaba uno de los hombres de El Aliado, mi cabeza pareció estallar y todo se volvió de un color
oscuro como el vestido de luto de la madre de María.



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