martes, 30 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
¡Splash!
El agua recorrió toda mi cara, no me dejaba ver en donde estaba. Noté que mis manos estaban atadas. La cabeza me dolía como nunca antes, sentía que en cualquier momento iba a explotarme.
¿Por qué defendiste a María? ¿Por qué me hiciste quedar mal en el funeral? ¡CONTESTAME!
No sabía que pasaba. Mi cabeza me daba vueltas.
— ¿Quién sos pendejo?
—P… Perdon, S… Señor. —Fue lo único que pude decir.
— ¡¿QUIEN CARAJO SOS?!
—Federico, soy Federico. —Le mentí.
—Federico. ¿Para quién trabajas? —Me pregunto mientras se encendía un cigarrillo.
—Para nadie, señor, soy un conocido de María. —Me recuperé un poco más. —Es que solo me pareció una falta de respeto lo que hizo.
Se acerco hasta mi, y me miro a los ojos, con esos ojos color verde que me dieron miedo, tanto, que baje mi mirada y vi como su boca se movía para tirarme el humo del cigarrillo en la cara. Entonces pronuncio las que serian las últimas palabras que oiría, o al menos hasta ese momento es lo que creía.
—Fue un gran error lo que hiciste, ¿Sabes? —Y se alejó para escupir al piso.
Este hijo de puta mando a matar a María, pensé, y si no hago algo, en unos minutos voy a morir también.
—Yo sé quien es usted. Rosales, ¿No? —Y levanté mi cabeza para mirarlo fijamente a los ojos. —María trabajaba para su negocio, y dos conocidos más, siempre quise meterme a trabajar con usted, provee la mejor droga de todas.
— ¿Qué otros dos conocidos? —Me preguntó extrañado. Curioso.
—Leandro, y Nicolás. —Dejé a Matías fuera de todo.
—¿Conoces a Nicolás? —Se volteo rápidamente, desesperado.
—No lo veo hace mucho. Hace bastante.
—Yo tampoco, y lo estoy buscando. Vamos a hacer un trato, ¿Queres? —Me dijo, mientras su mirada se volvía menos tensa, y una sonrisa se asomaba en sus labios. El enojo se había ido. Rosales estaba buscándome, y no sabía que me tenía frente a él.
—Lo escucho. —Dije muy relajado.
—Siempre quisiste trabajar conmigo, pero no puedo confiar en alguien así no más, tampoco puedo dejarte ir después de traerte acá. —Secuestrarme, querrás decir. —Vos tenes contacto con alguien que busco, si lo ubicas quiero que lo mates. Si te escapas, yo voy a matarte. ¿Qué te parece?
Me estremecí al saber que me quería muerto, y seguramente quería matar a Matías también. No sabia como, pero fingiendo mi muerte era la única forma de meterme a La Alianza nuevamente, y destruirla desde adentro. Y en especial, matar a aquel hombre que estaba hablándome, a quien mató a todos mis amigos, a quien mató a María.
—Acepto.
Y supe que en ese momento empezaba a jugar mi juego.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
—Si se van a meter en esto, van a tener que hacerlo bien. No van a trabajar para mí, van a trabajar para El Aliado, para Rosales. —Nos dijo Leandro a los tres, mientras su mirada se centrada más que nada en María.
— ¿Y cuando nos van a hacer la entrevista de trabajo? —Dijo Matías riendose.
—No lo van a ver a Rosales. Ni siquiera yo tuve la oportunidad de verlo, hay gente más importante que lo rodea, ustedes, como yo, reciben ordenes y lo hacen, una vez que hacen lo que les piden, reciben plata, una vez que reciben plata, esperan otras ordenes y después les dan más plata. Así es como funciona esto.
— ¿Y cuanta plata hay por “trabajo”? —Preguntó intrigada María.
—Eso depende de lo que ustedes hagan, lo menos que se gana en este negocio por día son mil pesos. ¿Ustedes quieren vender nada más?
— ¿Cómo se gana más? —Retruco María.
—Ya te dije, depende lo que hagas, si vos queres vender, vas a vender, si queres hacer otra cosa, se te paga por el trabajo hecho. —Leandro parecía un poco loco, quizás estaba drogado, quizás esa era su forma de explicar.
—Dale Leandro, ¿Qué trabajos hay además de vender? —Le dije por que la conversación me intrigaba demasiado ya.
—Eso depende. Si Rosales quiere cobrar una deuda, hay que ir y pedir la plata, cierta parte de esa deuda es tu sueldo, si Rosales quiere a alguien muerto, va y se lo mata, y de ahí sale más plata todavía. Aun que, si ustedes empiezan vendiendo está bien.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Varios días después de que le entregaran el cuerpo de María a su familia, asistí a su funeral. Entré a la recepción y me mandaron hasta la sala donde se estaba celebrando aquella ceremonia, aquel último adiós que le da uno a sus seres queridos, y ahí la vi, aquella “necesidad” por la cual María quería meterse en La Alianza.
Gabriela Adriana Montiel, en otras palabras, la madre de María. Destrozada, totalmente, sus ojos rojos completamente hinchados, se parecían a los de María cuando fumaba, pero no eran por fumar, eran de tanto llorarle al cuerpo de su hija muerta. No se percato de que yo había llegado.
Quizás hubiese sido mejor haber muerto de cáncer, antes que ver la muerte de tu propia hija Gabi, pensaba en mi interior, y me quería golpear a mi mismo por tener ese tipo de pensamientos, mis pensamientos eran cualquier cosa desde que todo esto pasó, mi cabeza era un lío.
Pasé entre todos los familiares de María, sin escuchar a nadie, y me acerqué hasta Gabriela que estaba a unos escasos centímetros del ataúd con la cabeza hacia abajo, cuando levantó la mirada pude ver sus ojos hinchados más de cerca. Me miró con tristeza y me abrazó muy fuerte.
— ¿Por qué?, ¿Por qué ella? —Susurro mientras las lágrimas se le acercaban nuevamente a los ojos.
—Gabi… —No pude terminar. Mi mirada se centro en el ataúd que estaba tan cerca de mí.
—Matías vino hoy temprano, Nico. Se quedó un rato nada más, ese chico estaba muy angustiado. —Y se quebró en lágrimas nuevamente mientras me abrazaba más fuerte.
La solté sin importarme Matías, ni su estado, y me dirigí al ataúd, a aquel cajón sin vida, pensé. Las lágrimas estaban en a punto de salir de mis ojos, y cuando la vi lloré como nunca antes había llorado, su cuerpo tan calmo, pero tan lastimado, tenia un corte en su pómulo que el maquillaje no pudo ocultar, pero estaba tan hermosa como siempre, su cabello totalmente negro, sus labios de color natural que nunca pude besar.
Un mareo vino a mi enseguida, aquellas nauseas, me sentía mal, pero no quería irme, no quería dejar de mirar aquel cajón sin vida, no quería dejarla, no otra vez. No quería sentir aquel vacío que de a poco se apoderaba de mi vida, no quería dejar a María morir del todo.
Cuando volteé para irme ahí estaba Gabi con un vaso de agua en sus manos. Me miraba con tristeza, sus ojos seguían rojos, pero ya no estaban tan hinchados. Tomé el vaso de agua y la abracé, cerré los ojos e intente olvidarme de todo con aquel abrazo que logro calmarle bastante.
Cuando la solté, miré el ataúd una vez más, me acerqué y le bese la frente a María por un momento. Una lágrima desubicada recorrió mi cara, seguida de una pequeña sonrisita. Todo va a estar bien María, todo va a estar bien mi amor.
Y justo cuando pensaba marcharme, aquel hombre llegó con dos hombres más tras él, con un tapado bastante elegante y de sombrero negro. Venía a ver a María, venia a ver a su victima, quizás una de las más actuales. Rosales, había llegado. El Aliado.
Gabi se paró con el ceño fruncido y sus ojos lagrimeantes, mientras su boca se preparaba a gritar.
— ¡Con que derecho venís al funeral de mi hija, hijo de puta! —Dijo, mientras intentaba echarlo.
—Yo solamente vengo a verla por última vez, señora.
—Por tu culpa está ahí, andate. ¡Vos la metiste en ese cajon!
Pero Rosales parecía no querer irse, se saco el sombrero e intento acercarse al ataúd que Gabriela estaba tapándole. Fue entonces cuando volví a entrar a la sala.
—Andate te dijo. —Le dije y me pare frente a él. Sus “guardaespaldas” quisieron defenderlo, pero los frenó.
—Vine a ver a María, ella trabajaba para mí y la apreciaba mucho. —Me dijo mirándome a los ojo.
—Andate. —Y Gabi se puso detrás de mí.
Me miro rebajándome con su mirada de arriba abajo, se río y se marchó con sus hombres.
Miré a Gabriela y me quede unos minutos más. Luego me marché, era tarde. Salí y llegue a la esquina, allí estaba uno de los hombres de El Aliado, mi cabeza pareció estallar y todo se volvió de un color oscuro como el vestido de luto de la madre de María.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Nos miró y se dio vuelta nuevamente.
—Ey, Leandro. —Le dije y logre que se diera vuelta a mirarnos de nuevo.
—Ah…, estem, hola. —Y se dio la vuelta nuevamente, ignorándonos.
—Tenemos los 100. ¿Nos das el 25?
— ¿Qué? —Dijo extrañado y está vez mirándonos de arriba abajo. — ¿Ustedes? —Y largó una carcajada muy grande.
— ¿Qué te pasa? Vinimos a comprar, y parece que vos vendes.
—Si, pero nunca llegue a imaginarme que ustedes tres iban a venir a comprarme.
—Dale, dame el 25 y te doy la plata.
—No, no, no. Para. Yo les voy a dar esto, pero mañana en el colegio vamos a hablar.
— ¿De que queres hablar?
— ¡Mañana vamos a hablar! —Me miró amenazantemente. María y Matías que estaban a mi lado se sobresaltaron.
Todavía me acuerdo la forma en que María miraba a Leandro, aquel chico que en el aula no decía ni una palabra, simplemente estaba ahí, aquella mirada era idéntica a la mía cuando la miraba a ella, aquella mirada era amor, fue entonces cuando supe que nada de todo eso estaba bien.
Leandro estaba muerto, muerto. Pero todavía recordaba cuando hablamos el día después de que le compramos la marihuana.
—Así que ustedes fuman, y eso no es lo malo, lo malo es que me compran marihuana a mi. —Nos dijo con una mirada fría y sin sentimientos, aunque parecía enojado.
— ¿Y que vas a hacer? ¿Nos vas a matar? Somos tres Lean, y los tres sabemos que vos nos vendiste. —Le dije amenazante.
—Por ahí va la cosa. Desde los trece años que vengo haciendo esto, empecé robando billeteras y ahora vendo, y no voy a dejar que por su culpa todo lo que hice hasta ahora desaparezca. Si alguien llega a saber que yo estoy en esto, va a ser por su culpa, y si eso pasara, no voy a tener otra alternativa que hacerlos desaparecer. —Dijo. Nuevamente mirándonos, de arriba abajo.
— ¿Y que pasa si queremos vender? —Dijo María saliendo detrás de mis espaldas.
— ¿Y está? ¿Vender? ¿Ustedes tres? —Y se río, muy fuerte otra vez.
—Si, vender, como vos. Se ve que el negocio este deja mucha plata, si no, serias tan pobre como nosotros. — Y esta vez, María no dejo de mirarlo a los ojos.
—Ustedes no durarían ni dos segundos en esto.
—Es por necesidad. Aparte, quizás seria la primera mujer en vender drogas en Calzada, seria una buena reputación, al fin y al cabo, vos serias igual que nosotros si no vendieras esas cosas.
Igual que nosotros si no vendieras esas cosas. Pensaba. ¿Vender droga te hace diferente del resto? ¿Alguien diferente busca María?, Me preguntaba y no pude hallar respuesta alguna por que mis pensamientos fueron interrumpidos por la respuesta de Leandro.
—Ya te lo dije María, ustedes en esto no durarían nada. Si ustedes no hubieran conseguido un contacto en La Alianza, nunca se hubieran enterado que yo estaba en todo esto y esa es la idea, que nadie se entere. Si Matías, Leandro o vos se meten en esto…
— ¿Qué? —Lo desafío nuevamente sin dejar de mirarlo. — ¿Vamos a hacerlo público?, ¿Te pensas que vamos a cartelearla que vendemos droga Leandro?
—No. Digo que si se meten en esto y no son nada discretos lo único que van a ganarse son un par de balas en su cabeza.
Ahora me acordaba de Scarface, aquella frase que le habían dicho a Tony en una parte de la película, “Los tipos que duran en este negocio son los tipos que vuelan recto. Los tipos discretos. Y los tipos que lo quieren todo; chicas, Champagne, fama. No duran nada.” Quizás aquello era lo que nos quería decir, a eso le llamaba ser discreto. 
Y lo último que recuerdo, es ver la mano de María estrechando la de Leandro. Recordar a los dos mirándose a los ojos, sin saber lo que a ambos les esperaba. La muerte apareció detrás de la imagen de ellos dos, y en ese momento supe que tenía que dejar de recordar por un rato.