miércoles, 19 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Aquella brisa, aquel viento que entraba por la puerta, que estaba cerrada, pero de todas formas entro con su fuerza, logro hacerme sentir desde la punta de mis pies descalzos, hasta mi cabeza, lo fuerte que soplaba, y fue entonces cuando supe que María estaba muerta.
Cuando María golpeo mi puerta, supe que era para avisarme algo, aquella brisa de viento que me hizo vibrar el cuerpo, no era María, no del todo. Pero algo de ella estaba en aquel vientito. Lloré, pero solo por un momento.
Era hora de empezar, me seque las lagrimas con mi pañuelo de tela, y me volví a poner mis lentes, me levanté de la silla y camine hasta la puerta, la abrí. Era de noche todavía, quizás las tres o cuatro de la mañana, no estaba seguro. En el cielo había muy pocas estrellas, pero igualmente se veía estrellado, no había viento y el piso estaba frío. Me quede parado en la puerta mirando mi patio, pensando en que pudo pasarle a María, pensar en ella se había vuelto una costumbre, aquella mujer que tan importante se había vuelto, hoy estaba muerta.
Volví a entrar, mi cabeza empezaba a dolerme, mis manos a dormirse, y muy de a poco empezaba a desplomarme. Todo se volvió oscuro.
Desperté al sentir la tibia lengua de Otto en mi cara, lo aparte con una mano. Otto era mi Husky siberiano, que tenia prácticamente desde que empecé a vivir solo, desde que era un pequeño cachorro.
La puerta quedo abierta antes desmayarme, eran las seis de la mañana y se veía el sol salir, estuve mucho tiempo inconsciente. Caminé hasta mi habitación y desenchufe el cargador de mi Iphone, desbloquee el celular y tenia un WhatsApp de Matías;

“Nico, acaban de llamarme de la comisaría, le pasó algo a Meri, apenas lo leas pasate por casa que tenemos que hablar. Estoy despierto y no creo poder dormir por ahora.”

¿Cómo vas a poder dormir después de que te dicen que alguien murió? ¿Cómo podes seguir?, agarre ropa del placard y fui a pegarme un baño rápido, salí y conteste el mensaje de Mati.

“Estoy por salir, estate atento, voy con el auto, paso y vamos a desayunar, no me hagas esperar.”

Fuimos hasta el Boulevard y desayunamos en Martínez, él se pidió un latte con una medialuna y yo un submarino y un tostado, lo de siempre.
—Me gusta mucho venir a desayunar acá, casi siempre a esta hora no hay gente, no sé, es un lugar que me trae paz. —Dije mientras mezclaba la pequeña barra de chocolate en mi taza. —Mati, ¿Qué le pasó a María?
—María está muerta, Nicolás. —Dijo y sus ojos que en un principio parecían de vidrio, se rompieron en miles de pedacitos, eran lágrimas. —Mataron a Meri, ¡La mataron Nicolás!
Las pocas mesas que estaban a nuestro alrededor debieron de haberlo escuchado, debieron haberlo visto, sus ojos colorados llenos de lágrimas, había que ser bastante tonto para no ver la angustia en aquel hombre, la impotencia, como esa impotencia que se veía en la televisión cuando alguien perdía a algún ser querido, estaba ahí, frente mío.
Meri, ese apodo tan idiota, lo más lógico era que la llamaran Mari, pero todo el mundo le decía Meri, excepto yo, que siempre le dije María. Pensaba mientras me enteraba que ella estaba muerta, que descaro que no se me cayera ni una sola lagrima, que descaro haber sido el primero en enterarme de su muerte por aquella brisa de verano.
Fue entonces cuando trague saliva, tomé un sobrecito de azúcar, lo abrí y lo eche en el submarino que ya estaba enfriándose, las lagrimas que tardaron en salir, por fin estaban en mi cara, pero no eran sinceras, por dentro quería reírme, sabia que esas lagrimas eran falsas y eso me daba gracia, sabia que podía actuar de la mejor manera. Agarré una servilleta y las sequé.
Le tome la mano a Matías en gesto de intentar calmarlo, lo miré a los ojos y le dije que me contara absolutamente todo lo que sabía.

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