Aquella
brisa, aquel viento que entraba por la puerta, que estaba cerrada, pero de
todas formas entro con su fuerza, logro hacerme sentir desde la punta de mis
pies descalzos, hasta mi cabeza, lo fuerte que soplaba, y fue entonces cuando
supe que María estaba muerta.
Cuando
María golpeo mi puerta, supe que era para avisarme algo, aquella brisa de
viento que me hizo vibrar el cuerpo, no era María, no del todo. Pero algo de
ella estaba en aquel vientito. Lloré, pero solo por un momento.
Era hora de
empezar, me seque las lagrimas con mi pañuelo de tela, y me volví a poner mis
lentes, me levanté de la silla y camine hasta la puerta, la abrí. Era de noche
todavía, quizás las tres o cuatro de la mañana, no estaba seguro. En el cielo
había muy pocas estrellas, pero igualmente se veía estrellado, no había viento
y el piso estaba frío. Me quede parado en la puerta mirando mi patio, pensando
en que pudo pasarle a María, pensar en ella se había vuelto una costumbre,
aquella mujer que tan importante se había vuelto, hoy estaba muerta.
Volví a
entrar, mi cabeza empezaba a dolerme, mis manos a dormirse, y muy de a poco
empezaba a desplomarme. Todo se volvió oscuro.
Desperté al
sentir la tibia lengua de Otto en mi cara, lo aparte con una mano. Otto era mi
Husky siberiano, que tenia prácticamente desde que empecé a vivir solo, desde
que era un pequeño cachorro.
La puerta
quedo abierta antes desmayarme, eran las seis de la mañana y se veía el sol
salir, estuve mucho tiempo inconsciente. Caminé hasta mi habitación y
desenchufe el cargador de mi Iphone, desbloquee el celular y tenia un WhatsApp
de Matías;
“Nico, acaban de llamarme de la comisaría, le
pasó algo a Meri, apenas lo leas pasate por casa que tenemos que hablar. Estoy
despierto y no creo poder dormir por ahora.”
¿Cómo vas a
poder dormir después de que te dicen que alguien murió? ¿Cómo podes seguir?,
agarre ropa del placard y fui a pegarme un baño rápido, salí y conteste el
mensaje de Mati.
“Estoy por salir, estate atento, voy con el
auto, paso y vamos a desayunar, no me hagas esperar.”
Fuimos
hasta el Boulevard y desayunamos en Martínez, él se pidió un latte con una
medialuna y yo un submarino y un tostado, lo de siempre.
—Me gusta mucho venir a desayunar acá, casi
siempre a esta hora no hay gente, no sé, es un lugar que me trae paz. —Dije
mientras mezclaba la pequeña barra de chocolate en mi taza. —Mati, ¿Qué le pasó
a María?
—María está muerta, Nicolás. —Dijo y sus ojos
que en un principio parecían de vidrio, se rompieron en miles de pedacitos,
eran lágrimas. —Mataron a Meri, ¡La mataron Nicolás!
Las pocas
mesas que estaban a nuestro alrededor debieron de haberlo escuchado, debieron
haberlo visto, sus ojos colorados llenos de lágrimas, había que ser bastante
tonto para no ver la angustia en aquel hombre, la impotencia, como esa
impotencia que se veía en la televisión cuando alguien perdía a algún ser
querido, estaba ahí, frente mío.
Meri, ese apodo tan idiota, lo más lógico era
que la llamaran Mari, pero todo el mundo le decía Meri, excepto yo, que siempre
le dije María. Pensaba
mientras me enteraba que ella estaba muerta, que descaro que no se me cayera ni
una sola lagrima, que descaro haber sido el primero en enterarme de su muerte
por aquella brisa de verano.
Fue
entonces cuando trague saliva, tomé un sobrecito de azúcar, lo abrí y lo eche
en el submarino que ya estaba enfriándose, las lagrimas que tardaron en salir,
por fin estaban en mi cara, pero no eran sinceras, por dentro quería reírme,
sabia que esas lagrimas eran falsas y eso me daba gracia, sabia que podía actuar
de la mejor manera. Agarré una servilleta y las sequé.
Le tome la
mano a Matías en gesto de intentar calmarlo, lo miré a los ojos y le dije que
me contara absolutamente todo lo que sabía.



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