viernes, 21 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Leandro, o “aquella escoria”, como solía llamarlo Mati, era el típico chico flacucho, pero musculoso, tenía la mayor parte de su cuerpo tatuado, sus ojos claros y tenía algo que muchas personas no tenían, libertad. Pero aquella libertad no era del todo buena, era más bien, una libertad que lo había llevado por el camino menos pensado, o a esta altura, lo más pensado quizás, algo que es muy corriente en Argentina, ¿Qué pasa cuando un chico de trece años tiene la libertad de hacer lo se le de la gana, cuando se le da la gana? ¿Qué pasa con todos aquellos chicos que tienen padres que ni siquiera se fijan en ellos? Exacto, terminan siempre yendo por el peor camino.
El padre de Leandro, Raúl Ramírez, era ese típico empresario que se la pasaba todo el tiempo cerrando negocios, firmando contratos, cheques, sin tiempo para nada, era ese tipo de personas que siguió la carrera que sus padres quisieron y no lo que realmente le gustaba, era ese tipo de personas que realmente me daba asco.
Su madre, Florencia Vera de Ramírez, era una mujer que no tenia tiempo, por que no quería tenerlo, lo único que le preocupaba era estar con su vecino mientras su marido se la pasaba todo el tiempo trabajando, manejar los tiempos para que él no los encontrase juntos, lo único que le preocupaba era volver a sentir aquella felicidad que el amante de su marido le había quitado, era demostrarle al maldito trabajo que tenia tan ocupado a su hombre, que todavía podía ser feliz, quizás con otra persona, pero feliz al fin y al cabo.
No me hubiese sorprendido en lo más mínimo, que los padres de Leandro no se preocuparan al saber donde estaba su hijo, nunca estaban al tanto de todo, mucho menos cuando aquella ovejita de un color blanco como las nubes, paso de a poco a convertirse en un color oscuro, hasta convertirse en la oveja negra que era antes de morir.
Las cosas empezaron a irse de tema cuando a los trece años Lean había conocido a Federico.
—Vamos, es fácil. —Le dijo Federico a Leandro. —Vas, te acercas y muy de a poco vas metiendo los dedos en el bolsillo y lentamente sacas la billetera, sin que se dé cuenta, obvio, no seas boludo.
—Dale, mirá si se da cuenta, voy a ir en cana, no puedo Fede.
—No seas cagon, dale. Si robas esa, te meto en La alianza y nos hacemos LA plata, Nico. —Lo que Federico no sabía, era que Leandro iba a ser quien lo mataría cuando entrase a La alianza.
Aquella billetera, fue el pase a un mundo más grande que las cuatro paredes de su casa en donde se aburría tan fácilmente todo el día, aquella billetera fue ese cambio de actitud tan brusco, aquella actitud que tanto empecé a odiar de Leandro. Aquella escoria.
Conocer a Leandro fue aquella situación tan incomoda, como cuando vas a comer a la casa de los padres de tu pareja y se te cae comida en la falda.
Cuando teníamos dieciséis años, María, Matías y yo, empezamos a meternos en el mundo de las drogas, pero ojo, solo la entrada, solo marihuana. Al principio solo lográbamos conseguir los famosos “Porros” o “Finitos”, pero no íbamos a quedarnos solo con eso, no nos alcanzaba, éramos adolescentes, adolescentes que fumaban, y eso, eso era toda nuestra preocupación.
Matías y yo habíamos logrado conseguir algo que realmente valía la pena, nos vendían un 25 a $100, cuando La alianza no era más que un mercaducho negro que recién empezaba a salir a la luz. Un 25 era llamado de esa forma por el peso que tenia, eran 25 gramos de marihuana, prensada y en forma de ladrillo, eso nos duraría mucho más que un par de porros, la única diferencia, era que al tener el ladrillo, nosotros teníamos que armar nuestros propios cigarros, pero eso no sería problema.
Aquel contacto que Matías conocía le había dicho que le llevaría el 25 a la plaza Güemes, justo detrás de la estación de trenes. Aquel muchacho estaría de jeans, remera y con una gorra plana de los Celtics de Boston. Nos encontramos los tres en 20 de Septiembre y San Martín, y caminamos hasta la estación, una vez que llegamos lo vimos de espalda, tenia la gorra dada vuelta, el logo del trébol de los Celtics se notaba desde lejos, cuando llegamos se dio vuelta, y ahí estaba, aquel compañero de clases con el que nunca nos hablamos, ahí estaba, aquella escoria.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Ella corría, corría riendo por el parque, hasta que todo se volvió oscuro y aquella sonrisa que tanto me había enamorado, se borraba de su cara, corría cada vez más rápido, su cara estaba totalmente llena de miedo, sus ojos lo expresaban, se notaba aquel miedo. Aquellas manos de repente empezaban a quitarle su ropa, la desgarraban, la lastimaban, querían lastimarla, solo eso querían. Aquel cuchillo se metió en su espalda, y María me miraba, me miraba con miedo, aquella mirada que nunca voy a olvidar, sus gritos que me impulsaban a pedir ayuda, pero no podía, simplemente miraba, no podía gritar, no podía pedir ayuda, solo escuchaba sus gritos y miraba como aquel cuchillo la destrozaba con muchas ganas, justo cuando el dueño del cuchillo se percato de que estaba allí, giro su cabeza para mirarme y mis ojos se abrieron. Desperté.
La musculosa que tenia puesta para dormir estaba toda transpirada, mi corazón latía muy fuerte y trataba de calmarme muy de a poco. Sin poder dormirme, me levanté, eran otra vez la seis de la mañana, fui hasta la cocina y me preparé un café con leche, en mi cabeza volaban imágenes de aquel estrepitoso sueño, un poco difusas, me costaba recordarlo todo, pero al mismo tiempo, las palabras de Matías retumbaban en mi.
—Seguramente fue aquel hijo de puta, aquella escoria. —Me decía mientras las lágrimas se le caían de sus ojos rojos de tanto llorar. — Sabia que iba a terminar de la peor manera, ¿Irnos Nicolás? ¿Escaparnos de todo eso? ¡Era imposible para María!
—Nos fuimos de todo eso, lo sabes Mati, lo dejamos, los tres.
—Los tres, menos Leandro, y sabes bien como es aquella rata, sabes bien como era.
— ¿Y él donde está?
—Muerto también, lo mataron. Pero él es el que menos importa, siempre fue el que menos importó, no valía nada. —Y tomó un poco de su café al terminar de hablar.
    ¿Y si está muerto como sabes que fue él quien mató a María?
—Por que él seguía metido en toda esa mierda, desde que nosotros dejamos todo eso, Leandro era el único que se abanicaba con billetes de cien pesos, y nadie puede decirme que lo hizo trabajando, las drogas eran su único trabajo y ya estaba metido en bastantes problemas, estoy seguro que él nunca quiso salir de aquel asqueroso negocio, desde que tenia trece años estaba en eso.
—Nosotros también estuvimos en esa. —Le dije sin eximirnos de ninguna culpa.
—Vos lo dijiste Nico, salimos de todo eso, casi nos costo la vida, pero logramos salir de eso, vos lo dijiste, los tres juntos salimos de eso.
— ¿Y que tenes pensando hacer?
—Nada, ¿Qué queres que haga? Estoy más que seguro que fue Leandro, la mató y después se suicido, no puedo hacer más nada, María está muerta. —Y se inundo en un mar de llanto creado por sus ojos.
Los tres juntos salimos de eso. Menos Leandro, muerto también, lo mataron. No valía nada. Estoy más que seguro que fue Leandro. María está muerta. Aquellas palabras me rodeaban, era lo único en lo que pensaba, en eso y en María, en todo este lío en el que estaba metido, trataba de entender, pero era todo muy confuso, confuso como las imágenes del sueño que había tenido, que iban y venían sin una resolución del todo clara.
Sin darme cuenta, al estar pensando tanto en el caso de María, la taza de mi café con leche se cayó al piso y se rompió en varios pedacitos, como aquella vez que María me contó lo suyo con Leandro, como mi corazón, se había roto aquella taza de cerámica. Limpié el desastre que había hecho, y seguí pensando, pero está vez no en todo, si no en ese momento en que mi corazón colapso, ahora pensaba en María y Leandro.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Posted by Fernando Barrera |
Aquella brisa, aquel viento que entraba por la puerta, que estaba cerrada, pero de todas formas entro con su fuerza, logro hacerme sentir desde la punta de mis pies descalzos, hasta mi cabeza, lo fuerte que soplaba, y fue entonces cuando supe que María estaba muerta.
Cuando María golpeo mi puerta, supe que era para avisarme algo, aquella brisa de viento que me hizo vibrar el cuerpo, no era María, no del todo. Pero algo de ella estaba en aquel vientito. Lloré, pero solo por un momento.
Era hora de empezar, me seque las lagrimas con mi pañuelo de tela, y me volví a poner mis lentes, me levanté de la silla y camine hasta la puerta, la abrí. Era de noche todavía, quizás las tres o cuatro de la mañana, no estaba seguro. En el cielo había muy pocas estrellas, pero igualmente se veía estrellado, no había viento y el piso estaba frío. Me quede parado en la puerta mirando mi patio, pensando en que pudo pasarle a María, pensar en ella se había vuelto una costumbre, aquella mujer que tan importante se había vuelto, hoy estaba muerta.
Volví a entrar, mi cabeza empezaba a dolerme, mis manos a dormirse, y muy de a poco empezaba a desplomarme. Todo se volvió oscuro.
Desperté al sentir la tibia lengua de Otto en mi cara, lo aparte con una mano. Otto era mi Husky siberiano, que tenia prácticamente desde que empecé a vivir solo, desde que era un pequeño cachorro.
La puerta quedo abierta antes desmayarme, eran las seis de la mañana y se veía el sol salir, estuve mucho tiempo inconsciente. Caminé hasta mi habitación y desenchufe el cargador de mi Iphone, desbloquee el celular y tenia un WhatsApp de Matías;

“Nico, acaban de llamarme de la comisaría, le pasó algo a Meri, apenas lo leas pasate por casa que tenemos que hablar. Estoy despierto y no creo poder dormir por ahora.”

¿Cómo vas a poder dormir después de que te dicen que alguien murió? ¿Cómo podes seguir?, agarre ropa del placard y fui a pegarme un baño rápido, salí y conteste el mensaje de Mati.

“Estoy por salir, estate atento, voy con el auto, paso y vamos a desayunar, no me hagas esperar.”

Fuimos hasta el Boulevard y desayunamos en Martínez, él se pidió un latte con una medialuna y yo un submarino y un tostado, lo de siempre.
—Me gusta mucho venir a desayunar acá, casi siempre a esta hora no hay gente, no sé, es un lugar que me trae paz. —Dije mientras mezclaba la pequeña barra de chocolate en mi taza. —Mati, ¿Qué le pasó a María?
—María está muerta, Nicolás. —Dijo y sus ojos que en un principio parecían de vidrio, se rompieron en miles de pedacitos, eran lágrimas. —Mataron a Meri, ¡La mataron Nicolás!
Las pocas mesas que estaban a nuestro alrededor debieron de haberlo escuchado, debieron haberlo visto, sus ojos colorados llenos de lágrimas, había que ser bastante tonto para no ver la angustia en aquel hombre, la impotencia, como esa impotencia que se veía en la televisión cuando alguien perdía a algún ser querido, estaba ahí, frente mío.
Meri, ese apodo tan idiota, lo más lógico era que la llamaran Mari, pero todo el mundo le decía Meri, excepto yo, que siempre le dije María. Pensaba mientras me enteraba que ella estaba muerta, que descaro que no se me cayera ni una sola lagrima, que descaro haber sido el primero en enterarme de su muerte por aquella brisa de verano.
Fue entonces cuando trague saliva, tomé un sobrecito de azúcar, lo abrí y lo eche en el submarino que ya estaba enfriándose, las lagrimas que tardaron en salir, por fin estaban en mi cara, pero no eran sinceras, por dentro quería reírme, sabia que esas lagrimas eran falsas y eso me daba gracia, sabia que podía actuar de la mejor manera. Agarré una servilleta y las sequé.
Le tome la mano a Matías en gesto de intentar calmarlo, lo miré a los ojos y le dije que me contara absolutamente todo lo que sabía.