Leandro, o “aquella escoria”, como solía llamarlo
Mati, era el típico chico flacucho, pero musculoso, tenía la mayor parte de su
cuerpo tatuado, sus ojos claros y tenía algo que muchas personas no tenían,
libertad. Pero aquella libertad no era del todo buena, era más bien, una
libertad que lo había llevado por el camino menos pensado, o a esta altura, lo
más pensado quizás, algo que es muy corriente en Argentina, ¿Qué pasa cuando un
chico de trece años tiene la libertad de hacer lo se le de la gana, cuando se
le da la gana? ¿Qué pasa con todos aquellos chicos que tienen padres que ni siquiera
se fijan en ellos? Exacto, terminan siempre yendo por el peor camino.
El padre de
Leandro, Raúl Ramírez, era ese típico empresario que se la pasaba todo el
tiempo cerrando negocios, firmando contratos, cheques, sin tiempo para nada,
era ese tipo de personas que siguió la carrera que sus padres quisieron y no lo
que realmente le gustaba, era ese tipo de personas que realmente me daba asco.
Su madre,
Florencia Vera de Ramírez, era una mujer que no tenia tiempo, por que no quería
tenerlo, lo único que le preocupaba era estar con su vecino mientras su marido
se la pasaba todo el tiempo trabajando, manejar los tiempos para que él no los
encontrase juntos, lo único que le preocupaba era volver a sentir aquella
felicidad que el amante de su marido le había quitado, era demostrarle al
maldito trabajo que tenia tan ocupado a su hombre, que todavía podía ser feliz,
quizás con otra persona, pero feliz al fin y al cabo.
No me
hubiese sorprendido en lo más mínimo, que los padres de Leandro no se
preocuparan al saber donde estaba su hijo, nunca estaban al tanto de todo,
mucho menos cuando aquella ovejita de un color blanco como las nubes, paso de a
poco a convertirse en un color oscuro, hasta convertirse en la oveja negra que
era antes de morir.
Las cosas
empezaron a irse de tema cuando a los trece años Lean había conocido a
Federico.
—Vamos, es
fácil. —Le dijo Federico a Leandro. —Vas, te acercas y muy de a poco vas
metiendo los dedos en el bolsillo y lentamente sacas la billetera, sin que se
dé cuenta, obvio, no seas boludo.
—Dale, mirá
si se da cuenta, voy a ir en cana, no puedo Fede.
—No seas
cagon, dale. Si robas esa, te meto en La alianza y nos hacemos LA plata, Nico.
—Lo que Federico no sabía, era que Leandro iba a ser quien lo mataría cuando
entrase a La alianza.
Aquella
billetera, fue el pase a un mundo más grande que las cuatro paredes de su casa
en donde se aburría tan fácilmente todo el día, aquella billetera fue ese
cambio de actitud tan brusco, aquella actitud que tanto empecé a odiar de
Leandro. Aquella escoria.
Conocer a
Leandro fue aquella situación tan incomoda, como cuando vas a comer a la casa
de los padres de tu pareja y se te cae comida en la falda.
Cuando
teníamos dieciséis años, María, Matías y yo, empezamos a meternos en el mundo
de las drogas, pero ojo, solo la entrada, solo marihuana. Al principio solo
lográbamos conseguir los famosos “Porros” o “Finitos”, pero no íbamos a
quedarnos solo con eso, no nos alcanzaba, éramos adolescentes, adolescentes que
fumaban, y eso, eso era toda nuestra preocupación.
Matías y yo
habíamos logrado conseguir algo que realmente valía la pena, nos vendían un 25
a $100, cuando La alianza no era más que un mercaducho negro que recién
empezaba a salir a la luz. Un 25 era llamado de esa forma por el peso que
tenia, eran 25 gramos
de marihuana, prensada y en forma de ladrillo, eso nos duraría mucho más que un
par de porros, la única diferencia, era que al tener el ladrillo, nosotros
teníamos que armar nuestros propios cigarros, pero eso no sería problema.
Aquel
contacto que Matías conocía le había dicho que le llevaría el 25 a la plaza
Güemes, justo detrás de la estación de trenes. Aquel muchacho estaría de jeans,
remera y con una gorra plana de los Celtics de Boston. Nos encontramos los tres
en 20 de Septiembre y San Martín, y caminamos hasta la estación, una vez que
llegamos lo vimos de espalda, tenia la gorra dada vuelta, el logo del trébol de
los Celtics se notaba desde lejos, cuando llegamos se dio vuelta, y ahí estaba,
aquel compañero de clases con el que nunca nos hablamos, ahí estaba, aquella escoria.


